¿Son malvadas las impresoras?

1 diciembre, 2025
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Laura Sofía Rivero, una de las voces más distinguibles de la literatura mexicana actual, acaba de publicar Doce certezas mientras tanto: Ensayos para especular (Universidad Autónoma Metropolitana, 2025), en la que una docena de ensayistas se cuestionan sobre asuntos esenciales —y aparentemente banales— de los tiempos que nos ha tocado compartir. Les traemos la primera pieza del volumen, firmada por otro de los autores mexicanos contemporáneos a quienes hay que seguir la pista. ¡Adelante!

Si como creía algún pensador medieval, las cosas tienen voluntad propia, podemos imaginar que  la volición de las impresoras posee cierto carácter maligno. Apenas dichas estas palabras, a buen seguro vendrán a la memoria de quienes leen esto, las numerosas decepciones, traiciones y penurias que les han sido causadas por estos aparatos. Estudiantes presurosas, oficinistas al borde de un colapso nervioso, madres afligidas, desesperados docentes: todos en algún momento de nuestra vida hemos sido víctimas de los caprichos de estas máquinas. No en vano, se ha vuelto parte de la sabiduría popular la idea de que las impresoras son capaces de “oler el miedo”; es decir, reconocer la importancia de un documento, detectar la urgencia con que se requiere un trabajo.

Pienso que esta mala entraña les viene de un antiguo resentimiento, de un profundo complejo de inferioridad. Ridículas, como la aristocracia contemporánea, su lugar en nuestro mundo es incierto, anacrónico, prescindible. Incluso en una sociedad modernólatra como la nuestra, es difícil imaginar que alguien alegre por la compra de una impresora, se ilusione por la aparición de un nuevo modelo o se presuma fanático de alguna marca en particular. Nunca he escuchado a nadie presumir las virtudes de su Epson Stylus Color o añorar que le obsequien una flamante HP Laserjet. Las impresoras se consideran, creo, un gasto, un mal necesario, un estorbo. 

Sobre ellas pesa una gigantesca herencia que, sin embargo, no pueden llevar con la dignidad suficiente. Su linaje se remonta a la ciudad de Maguncia a mediados del siglo XV, donde Occidente descubrió la imprenta de tipos móviles, su ancestro más remoto. Sin embargo, si de la creación de Gutenberg puede decirse que transformó las lenguas europeas, que desencadenó un cisma religioso, que propició una nueva forma de lectura, que contribuyó a la difusión masiva del conocimiento y, en fin, que marcó el fin de una era y el comienzo de otra ¿qué elogio podría merecer una impresora?

Producto industrial, las impresoras son industriales a medias, pues están muy lejos de la potencia atlántica de un sistema como el offset, capaz de imprimir, sin detenerse, hasta doce kilómetros de papel en 40 minutos. Representantes de un decadente espíritu clasemediero, están lejos también de la alegre simplicidad de las prensas de mano: herramientas que pertenecen más al mundo de las artes gráficas que al de las oficinas, que entregan manchas tipográficas únicas cada vez que sus planchas entintadas hacen presión sobre el papel, que son la delicia de las y los editores más exquisitos y que generan suficiente cariño y familiaridad para llegar a hacerse de un nombre propio, como la célebre “Caprichosa”, de Miguel N. Lira, en la que, a mediados de los años treinta, se imprimieron algunos números de Taller Poético, la mítica revista donde publicaban jóvenes como Carmen Toscano y Efraín Huerta. Las impresoras tampoco comparten la proletaria dignidad de sus hermanas las fotocopiadoras. Vistas siempre con injusto desdén, estos armatostes fueron, en sus mejores épocas, la adoración de secretarias, papeleros y estudiantes pobres. ¡Cuántas bibliotecas habrán levantado las fotocopiadoras en nuestra América! A diferencia del individualismo a ultranza de las impresoras, el sino de las fotocopiadoras es el trabajo duro, socializado y masivo. En donde estén, se saben dueñas de una alta misión, y por ello lejos de contradecir a su usuario llegan casi a fundirse con él, como ocurre con algunos caballos y sus jinetes. Quien haya visitado alguna vez la Biblioteca Central de la UNAM habrá tenido la fortuna de admirar un espectáculo en el que hombre y máquina se unen en un prodigio, similar a la multiplicación de los panes: el de reproducir un libro completo en cuestión de minutos. En una suerte de danza, el fotocopista coge el libro por los forros y con habilidad de prestidigitador lo extiende sobre el cristal de un golpe; después, en un solo acto lo levanta, da vuelta a la página y vuelve a extenderlo sobre el cristal; movimientos que realiza en cuestión de segundos, mientras una incansable luz verde se balancea de izquierda a derecha en perfecta sincronía con los movimientos humanos, al tiempo que en la bandeja de salida va acumulándose un altero de hojas todavía humeantes y olorosas a las resinas del tóner. ¿Quién podría decir algo parecido sobre una impresora?

Las impresoras no pueden ignorar estas diferencias, y quizás ello les ennegrece el corazón; entonces, rechazan pasar las hojas por sus rodillos, exigen cartuchos de colores para imprimir caracteres negros, degluten papeles, manchan documentos, alucinan hojas atoradas en su bandeja alimentadora. Una colega me contó de una ocasión en la que debía imprimir un documento urgente para que lo firmara una persona que esperaba con impaciencia frente a ella. Con gestos apresurados —lo que ahora reconoce como su error—, dispuso el papel en la bandeja y dio clic en el botón imprimir. La máquina comenzó a devorar una serie de hojas que luego vomitó hechas añicos, después imprimió un par de páginas con caracteres incompresibles, se apagó, se reinició y finalmente escupió cincuenta copias del mismo documento, ante un coro de risas burlonas que cesaron de súbito al descubrir que la impresora estaba desconectada. Dicen quienes todavía trabajan en esa oficina que, a veces, de la nada, esa impresora arroja páginas en blanco a modo de recordatorio o de amenaza.

La anécdota no sorprende, pues se trata de las cotidianas venganzas de una estirpe condenada al trabajo estéril, sabedora de que lo expulsado por sus fauces es intrascendente, perecedero, vil. Tareas escolares, tesis de grado, reportes técnicos, listas de asistencia, exámenes, informes, contratos, oficios, minutas, avisos, formatos, facturas, actas y toda suerte de documentos indeseables provienen de las impresoras. Los textos que merecen la pena, lo sabemos, se escriben con puño y letra o pasan por las nobles planchas de una imprenta.

Quizás la verdadera tragedia de las impresoras sea que están atrapadas entre dos mundos. No pertenecen plenamente ni al pasado ni al presente. Son tan pesadas, por ejemplo, como una máquina de escribir, pero carecen de su sencilla gracia técnica; son tan complejas como otros aparatos computacionales, pero no poseen su ligereza y confiabilidad. He dicho que en esto consiste su tragedia, pero quizás la impresora es más bien una suerte de heroína trágica, y en sus faltas radica un elemento purificador; quizás en su maldad hay una crítica tácita a su tiempo. Robustas, grávidas, ruidosas, son una herética incursión de lo mecánico, de lo tangible, en el imperio de lo virtual; son un recuerdo de la preponderancia de lo material en tiempos de un idealismo que ha llegado a creer en los poderes de la atracción mental y otras quimeras. Las dificultades que nos ofrecen las impresoras tienen que ver precisamente con la imposibilidad de materializar nuestras fantasías, de cumplir nuestros más egoístas deseos. “De la pantalla al papel se acaba el tóner”, podría rezar un dicho moderno. Creo que para acallar la herejía materialista de las impresoras, se inventan lectores electrónicos y firmas digitales, que parecen condenarlas a la obsolescencia; o, peor aún, se las coacciona a ser lo que no son, como ocurre con esas impresoras 3D, capaces de imprimir prácticamente cualquier cosa, de un botón a una casa, de un pastel a un hueso humano. Nada más lejano del auténtico espíritu de las impresoras, que todos los días contradicen la máxima contemporánea de que nada es imposible; que a cada oportunidad nos recuerdan el carácter contingente de lo terreno; que haciendo su propia voluntad nos muestran la pequeñez de la nuestra.

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Ficha técnica

Título: Doce certezas mientras tanto: Ensayos para especular
ISBN: 978-607-28-3503-0
Compiladora: Laura Sofía Rivero
Autores: Anuar Jalife Jacobo, Adrián Chávez, Sofía Saravia, Elisa Díaz Castelo, Cynthia Fernández Trejo, Liliana Muñoz, Jorge Comensal, Eduardo López Cafaggi, Génesis Jezabel Guerrero Gutiérrez, Diego Courchay Priego, Debra Figueroa, Mariajosé Amaral
Editorial: Universidad Autónoma Metropolitana
Clasificación: Ensayos literarios
Publicado: Octubre, 2025
Número de páginas: 136
Tamaño: 12×18 cm
Encuadernación: Tapa blanda o rústica

México, 1984. Es profesor del Departamento de Letras Hispánicas de la Universidad de Guanajuato, doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de San Luis. Autor de El veneno y su antídoto. La curiosidad y la crítica en la revista Ulises (1927-1928) (El Colegio de San Luis, 2014) y Novo (Universidad de Guanajuato, 2018). También es autor, junto con Juan Pascual Gay, de Elogio del tedio, encomio del viaje. Ensayo sobre literatura mexicana 1920-1930 (Renacimiento, 2015). Ha publicado ensayos en revistas como Este País, Letras Libres, Tierra Adentro, Armas y Letras y Confabulario, entre otras. Premio Regional de Literatura Infantil de Guanajuato 2014. Ha sido becario del PECDA Guanajuato y del Fonca en la categoría de ensayo.