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La guitarra armada

6 abril, 2026

Es un honor para Carátula ofrecer un fragmento del capítulo 7 de Afinando al alba (Libros del Kultrum, 2025), que había quedado fuera de su primera edición, publicada en inglés en 2004 como Tuning Up at Down. En «La guitarra armada», el autor rememora su experiencia en la Nicaragua revolucionaria de finales de 1979 y comienzos de 1980, a la que llegó invitado por la poeta Claribel Alegría, vecina y amiga de su familia en Mallorca. La traducción de Afinando al alba estuvo a cargo del autor junto con Carmen García-Gutiérrez.


Mil novecientos setenta y nueve fue un mal año para las dictaduras. El argumento de la comedia de aquel año escenificada en el teatro de Ca n’Alluny se centró en tres de los déspotas depuestos: el sah de Irán, Idi Amin de Uganda y el dictador nicaragüense Anastasio Somoza; con la particularidad de que cada uno de ellos se las estaba ingeniando para tratar de instaurar a su antojo su propia dictadura en Deià, el único pueblo del mundo dispuesto a aceptar ovejas negras después de haber sido desterradas de sus respectivos rediles. Poco podía imaginarme, mientras interpretaba a un Somoza tocado con gafas a lo Clark Kent y un bigote dictatorial pintado con corcho quemado, que unas semanas más tarde me encontraría en la Nicaragua revolucionaria, dos meses después de que Somoza pusiera rumbo al exilio.

Claribel Alegría, la poetisa salvadoreña nacida en Nicaragua, cuyo nombre tintinea como su risa, y su marido, Bud Flakoll, norteamericano con voz profunda y barba a lo Hemingway, eran vecinos nuestros en Deià y acababan de irse a Managua a escribir un libro sobre la Revolución sandinista. Me enviaron un telegrama desde allí proponiéndome que me uniera a ellos para ayudarles con el proyecto, documentándolo fotográficamente y entrevistando a gente. Yo no tenía planes en ese momento y tampoco tenía un duro, pero mi madre, revolucionaria de raza desde sus días universitarios en Oxford, se ofreció a pagarme el viaje.

Antes de comprar una casa en Deià, Bud y Claribel habían formado parte de la comunidad parisina de autores latinoamericanos en el exilio y habían escrito a cuatro manos Las cenizas de Izalco, una novela sobre la matanza de campesinos de 1932 acaecida en El Salvador. Anteriormente, habían reunido por primera vez en una antología muchas de las voces que más tarde formarían parte del boom literario latinoamericano. Claribel nació en Nicaragua en los años treinta, donde su padre había ejercido como médico de la banda de rebeldes al mando de Augusto César Sandino, que se enfrentaba al gobierno títere impuesto por EE. UU. Cuando Sandino fue asesinado por este al acudir a firmar el acuerdo para el cese de las hostilidades, el doctor Alegría tuvo que huir y poner tierra de por medio cruzando la frontera de El Salvador, donde Claribel y sus hermanos se criaron.

Lo primero que hicimos los tres cuando llegué a Managua fue conducir hacia el norte, hasta la ciudad bombardeada de Estelí, para que Claribel pudiera visitar el hogar de su infancia, donde lo único que quedaba en pie era la altísima araucaria del patio, en la que cada uno de los verticilos de cinco ramas horizontales marcaba un año de exilio. En Managua compartimos el alquiler de una casa en un barrio elegante, pared con pared con la embajada alemana, donde podíamos oír a Herr embajador haciendo gárgaras todas las mañanas; finalmente nos dimos cuenta de que, en realidad, estaba practicando su pronunciación española, pero sus erres se le atascaban en la garganta. «La rreforrma agrrárria, la rreforrma agrrarria…»

La editorial mexicana que iba a publicar el libro decidió recortar el presupuesto para mis fotos y, al quedarme sin trabajo, me dediqué a enviar reportajes a las agencias de noticias españolas. Bud, con su experiencia periodística, me inició en los rudimentos básicos de la redacción de textos y, en poco tiempo, me lancé al ruedo y empecé a ejercer cual reportero sin asignación concreta, pero animado por la determinación de documentar la tremenda energía y el optimismo que rezumaba todo lo que sucedía a mi alrededor. La Nicaragua revolucionaria era un país que se estaba reconstruyendo desde los cimientos, concitando las voluntades de jóvenes idealistas, poetas, ecologistas, viejos guerrilleros que habían luchado con Sandino en los años treinta y, sobre todo, mujeres; el porcentaje de mujeres en puestos de responsabilidad era el más alto de las Américas. Como de costumbre, los periodistas extranjeros habían puesto tierra de por medio en agosto, al poco de secarse la sangre en las calles. Ahora que las cosas se ponían interesantes intenté colocar mis artículos en una revista británica, pero me contestaron que «la revolución ya no es noticia, a nadie le interesan los artículos que nos estás enviando».

—¡Es la insurrección la que ha acabado —contesté, tras haberme iniciado en la jerga revolucionaria—, la revolución acaba de empezar!

—Lo que tú digas. Lo que sí nos interesaría sería una entrevista con alguien realmente relevante como Bianca Jagger…

Bianca, una miembro de la burguesía nicaragüense casada con Mick Jagger, estaba vigilando los acontecimientos a una distancia prudente y, en aquel momento, en Managua era un personaje de lo más irrelevante.

Pasaba mis días en el Ministerio de Cultura, cuya sede se encontraba en un enorme bungaló moderno, propiedad requisada al dictador fugado Somoza donde ahora se respiraba un ambiente de campus universitario. Era el único Ministerio de Cultura que había en América Latina en aquel momento; el ministro era el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal y el viceministro, el cantante Carlos Mejía Godoy. La cultura, bajo el yugo de Somoza, había dependido exclusivamente de referencias estadounidenses, desde la celebración de Halloween hasta la adopción de la música, la literatura y el cine neocoloniales. La revolución utilizó la música popular autóctona como seña de identidad a través de la radio clandestina, con conciertos callejeros improvisados y un creciente repertorio de canciones instructivas. Después de la caída de la dictadura, la música y el teatro callejero seguían siendo una herramienta para comunicarse en un país con un enorme índice de analfabetismo. Con mi cámara y mi grabadora de casete Nakamichi siempre a mano, me subía a cualquier camioneta cargada de músicos e instrumentos que se dirigían a tocar en una escuela, fábrica o mitin de barrio, para documentar toda aquella efervescencia cultural. El ambiente abierto y optimista en el ministerio facilitaba la comunicación, y pronto entablé amistad con un grupo musical llamado Igni Tawanca.1 Yamil, el acordeonista, era el hijo de un famoso guerrillero sandinista, mártir de la causa, y su casa era el local de ensayo del grupo. Moncho, el guitarrista y cantante principal, rezumaba serenidad y buen rollo, y tenía una barba poblada y una sonrisa perezosa que casi se puede oír en las grabaciones. Quedamos un día a la puerta de su cuartel y salió uniformado como guerrillero del Frente Sandinista de Liberación Nacional, ahora Ejército Popular Sandinista, con el que había luchado en las montañas y luego en las calles contra el ejército de Somoza. Paramos una pequeña camioneta japonesa que nos acercó a casa de Yamil. Apenas quedaban autobuses después de la insurrección y las rutas las cubrían los Hyundais o Mazdas, que parecían hechos de hojalata y llevaban hasta quince personas sentadas o de pie, agarradas a la endeble estructura de hierro que soportaba el toldo. El cobrador se comunicaba con el conductor aporreando la chapa. Pasamos rebotando sobre las anchas calles pavimentadas con adoquines de cemento en forma de cruz, fabricados por la empresa familiar de Somoza después del terremoto que arrasó la capital un decenio antes. El chófer reducía la velocidad en cada cruce porque todos los adoquines habían sido extraídos por la población durante la insurrección para construir barricadas. Le pregunté a Moncho qué pensaban sus compañeros del ejército sobre el hecho de que los músicos ahora pasaran a acaparar la atención, cuando no se habían jugado la piel como los guerrilleros del Frente Sandinista en el levantamiento.

—¿Que los músicos no se jugaron la vida en la insurrección? En absoluto. Los músicos estaban movilizando a la gente en las fábricas, en las universidades, eran los primeros en el frente de batalla. Nosotros, los compas, los compañeros y compañeras del Frente, estábamos armados y por lo menos nos podíamos defender; los músicos corrían un riesgo mucho mayor. La Guardia Nacional temía a nuestros efectivos armados, pero tanto o más miedo tenía aún al poder de la música. Y ahora a estos músicos les queda mucho trabajo por delante para poner al país en pie de nuevo, a eso no lo llamaría yo «acaparar la atención». A Igni Tawanka nos han encargado componer un musical sobre la vida de Sandino, para estrenarlo en el aniversario de su muerte.

—¡Pero el aniversario se celebra en dos semanas!

Idiay [pues eso]. Entonces, ¿querrías echarnos una mano? Hemos de tener lista la parte musical dentro de tres días para que el coreógrafo tenga tiempo suficiente para trabajar en ella.

El búnker de hormigón armado del teatro Rubén Darío se yergue en solitario a orillas del contaminado lago Xolotlán, como si alguien hubiera dejado caer un buen cacho del South Bank londinense en el epicentro del Beirut oeste. Diseñado para ofrecer conciertos de música clásica a la burguesía local, apenas se había utilizado desde su construcción en 1969. Resistió incólume al terremoto de 1972, que destruyó casi toda la capital con la salvedad de algunas ruinas habitadas. El trazado de las calles sigue siendo el mismo, pero apenas sirve para negociar el que mediaba entre las zonas afectadas. Una indicación típica para dar con una dirección en la Managua postsísmica es «una cuadra al norte de donde estuvo la Coca-Cola y cincuenta varas al lago». Las únicas estructuras que, a duras penas, quedan en pie en esa zona de la ciudad son la catedral, el resquebrajado Palacio Nacional y el no menos tambaleante edificio de Correos, al que voy casi a diario a por mi correo postal. Gran parte de la capital del país ha sido reconstruida en zonas «sísmicamente más seguras» que, casualidad de casualidades, eran propiedad de la familia Somoza; linaje a cuyos bolsillos fue a parar buena parte de la ayuda internacional. Somoza no era un hombre de Estado pero sí de negocios, y harto avispado, para más señas. En vez de distribuir las donaciones de sangre para atender a las víctimas del terremoto, las vendió a los países vecinos a través de su nueva compañía Plasmaféresis. Esta operación le reportó tantos beneficios que Plasmaféresis empezó a extraer sangre nicaragüense a muy bajo precio para luego enviarla a Estados Unidos a un precio desorbitado.

Descubrí otro rasgo del arrojo de Somoza que me impresionó; en la entrada del Ministerio de Cultura, emplazado en uno de sus antiguos caseríos, había colocado una enorme piedra circular, un altar expiatorio tallado por los mayas, con una acequia circular para recoger la sangre de las víctimas sacrificadas y canalizarla hacia un caño para su recolección, característica que me recordaba a la piedra circular de una tahona de aceite mallorquina. Un día, esperando a que pasara una camioneta para llevarme a Correos, me acerqué a la piedra y descubrí que se trataba de una réplica hecha de fibra de vidrio que el dictador se había mandado hacer y pintar con un propósito evidente: impresionar a sus visitantes e intimidar a sus enemigos.

Solo han pasado tres meses desde el ignominioso final de la dictadura, tan vergonzoso como su principio; arrancó con Somoza padre, cuatro años antes que la de Franco, y sobrevivió a la del Generalísimo cuatro años más. Gracias a la revolución, ahora todo es posible porque el país había quedado en tal estado de abandono que es preciso volver a reconstruirlo casi todo desde cero. La Revolución sandinista, el ratón que mordió al gato, ha cautivado la imaginación de la juventud mundial como no había ocurrido desde los disturbios de Mayo del 68 en París once año antes. Diríase que cumple todos los requisitos: coraje y disciplina, idealismo y pragmatismo, además de igualdad de género, poesía, música y pelo largo. La revolución está atrayendo a muchos jóvenes que, como yo, quieren vivir esta experiencia de primera mano. Cuando le compartí mis planes para ir a Nicaragua a Selwyn Jepson, amigo de mis padres y exjefe de la inteligencia británica, y que fue, a su vez, mi tutor mientras estudiaba en el internado británico, me contestó: «Qué buena idea. Todo joven debería vivir una revolución de cerca». Hay mochileros y marxistas cristianos, profesores e ingenieros, la avanzadilla de lo que más tarde se conocería como «turismo solidario»; todos vienen a echar una mano. Claro que hay alguno, como aquel tío de allá con su camisa y bermudas de flores estampadas y su Kodak Instamatic al hombro, que todos han identificado como agente de la CIA… ¿Y qué? Solo está cumpliendo con su deber y todo el mundo está convencido (erróneamente, como se demostraría más tarde) de que nunca se le va a permitir a Estados Unidos meter baza de nuevo en Nicaragua. El dictador ha huido a Paraguay con su amante, una ex-Miss Nicaragua, llevándose consigo los restos de su padre, el primer dictador de la estirpe. Su guardia personal está dejando pasar el tiempo en Miami y el resto de su ejército se ha refugiado en Honduras. El gigante del norte apenas alcanza a desperezarse; la crisis de los rehenes en Irán, que le costaría a Carter las elecciones, se ha resuelto al tiempo que tiene lugar la toma de posesión de Reagan como presidente. No muchos años más tarde, se descubrirá la complicada trama de los asesores de Reagan, aderezada con tráfico de drogas y armamento, para conseguir la liberación de los rehenes antes de la toma de posesión, a fin de financiar la milagrosa reconversión de los matones de Somoza en «luchadores por la libertad». Mientras todo eso se estaba cocinando en Washington, en la Nueva Nicaragua la «contrarrevolución» se veía como una amenaza poco creíble y, como prometió el ideólogo sandinista Carlos Fonseca: «El amanecer ya no es una tentación».

El elenco al completo del musical El espino negro, veinte actores aficionados y profesionales más los cuatro músicos, hemos llegado a la entrada de artistas del teatro Rubén Darío y nos encontramos con que esta representación de la obra, la última de las tres programadas, ha sido anulada por motivos de seguridad. En la otra punta del parque contiguo se está celebrando un gran mitin que lleva varias horas en marcha y que cuenta no solo con muchos de los dirigentes de la revolución sino también con Maurice Bishop, presidente del gobierno revolucionario de la isla de Granada, y Haydee Santamaría, una de las personas de confianza de Fidel Castro. Todos estos huevos en la misma cesta constituyen una tentación para la fuerza aérea hondureña, que lleva días haciendo incursiones a baja altitud dentro del espacio aéreo nicaragüense. El único edificio que queda de pie después del terremoto, capaz de soportar una batería antiaérea en su tejado, es el teatro Rubén Darío, y, por eso, los compas del Ejército Popular Sandinista lo han requisado. Ya que el sistema telefónico nacional apenas funciona, nadie ha podido avisar a los actores ni al público, que está formando una cola en la puerta principal. Los directores de la obra ya se han marchado, pero entre todos los demás conseguimos convencer a la dirección del teatro de que siga adelante el espectáculo, ya que el mitin se está acabando. Los actores y músicos queremos exprimir todo lo que podamos de los diez días intensos de ensayos, que nunca acababan antes de medianoche. La negociación entre actores y dirección está repleta de frases como «apelo a tu conciencia revolucionaria» y «por favor, compañeros, comportémonos como sandinistas». Hablando, finalmente llegamos a una entente.

En la puerta reina una confusión total mientras intentamos acceder a los camerinos empujando contra un río interminable de jóvenes compas que bajan del tejado con pesadas armas antiaéreas y enormes cinturones de proyectiles. Como hippie pacífico, siempre me puse nervioso en presencia de un guardia civil armado, pero después de varias semanas en este país me siento de lo más relajado hasta en presencia de lanzagranadas o ametralladoras. Una vez sacada la artillería, Moncho, Jamil, Álvaro y yo nos vestimos con nuestras camisas y pantalones de campesinos, nos colocamos los sombreros de jipijapa, afinamos nuestros instrumentos y, descalzos, nos colocamos en nuestro puesto a la izquierda del escenario. Mientras los actores caminan de aquí para allá ensayando sus diálogos, observamos a través de un hueco en el telón al público que va tomando sus asientos. Ayer por la mañana hicimos un pase especial para los compas del ejército, pero hoy la mayoría son trabajadores con gorra de béisbol, estudiantes y niños; por la manera en que observan la arquitectura del lugar, botando en las cómodas butacas de terciopelo, se nota que es la primera vez que han entrado en este enorme búnker de hormigón, construido originalmente para que las señoras bien pudieran estrenar sus abrigos de piel. El Teatro Nacional Rubén Darío es ahora el Teatro Popular Rubén Darío, en honor al poeta modernista nicaragüense que tanta importancia tuvo en las letras hispanas a ambos lados del charco, y que es considerado un héroe nacional por encima de distinciones partidistas. A principios del siglo XX, el poeta estuvo varias veces en Mallorca, a la que consideró su «refugio espiritual», concretamente en Valldemossa. Empiezan a atenuarse las luces de la sala y se alza el telón mostrando el escenario oscuro mientras empezamos a tocar la obertura de la obra con Moncho y yo a las guitarras, Jamil al acordeón y Álvaro a la flauta boliviana. Hoy no hay apuntador ni director entre bastidores; estamos solos y tenemos la certeza de que será nuestra mejor actuación. Yo doy el cante, en sentido figurado; por una parte, con mis veintisiete años soy un viejo en un país joven donde el embajador ante la ONU acaba de cumplir veintiuno; por otra, para mayor colmo y gloria, soy un inglés de tez blanca y ojos azules haciéndome pasar por un campesino nicaragüense. Moncho me llama «nuestro gringo infiltrado». El público no parece haber tenido tiempo de fijarse en mí porque el spot enfoca el centro del escenario y ante sus ojos aparece, en carne y hueso, el símbolo de todo lo que ha unido a este país en los últimos años para cambiar su historia. Es un hombre pequeño, bajo un enorme sombrero texano, con pantalones de montar y una camisa de jockey. Es Augusto César Sandino, el primer guerrillero en haber derrotado a los marines de Estados Unidos. Este musical, ambientado en los años treinta, narra los acontecimientos que culmina ron en la traición y el posterior asesinato de Sandino a manos de Anastasio Somoza padre. En la obra los diálogos están extraídos de documentos históricos. El público está en vilo viendo la acción; conocen la historia reciente de su país, censurada por la dictadura pero contada en la épica canción «Notas sobre la historia del Tío Sam en Nicaragua», del grupo Pancasán, que llegaba a cada rincón del país durante la revolución por las ondas de la clandestina Radio Sandino.

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Nota del Autor

1. Igni Tawanca: «Luz del pueblo» en la lengua misquita, una de las lenguas misumalpas que se hablan en la costa caribeña de Nicaragua.

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Palma de Mallorca, 1953. Nacido en una familia de escritores, se crio en Deià, Mallorca, donde pasó su infancia antes de continuar sus estudios en un internado británico. En 1975 se diplomó en Diseño Tipográfico en The London College of Printing. Trabajó como grafista en Barcelona y en 1982 fundó The New Seizin Press, imprenta artesanal cuya encuadernación estaba a cargo de Carmen García-Gutiérrez. En 1995 el Govern de les Illes Balears lo nombró Maestro Artesano Impresor. En 1997 tradujo Queridos mallorquines al inglés para José J. de Olañeta, quien después publicaría sus ensayos, Un hogar en Mallorca y Volem pa amb oli, traducidos ambos al inglés y el segundo también al holandés. Ha colaborado con Connoisseur Magazine y otras publicaciones en Reino Unido, Francia y España. Del 2000 al 2006 estuvo al frente de S’Encruia, revista mensual trilingüe de Deià. Ha dado conferencias sobre la impresión artesanal literaria en las universidades Harvard, Dartmouth y Brown, en EE.UU., y el St John’s College de Oxford, en Reino Unido. Participó en la organización de las dos primeras ediciones españolas del Hay Festival en Deià y fue invitado a presentar la edición original de Afinando al alba en el Hay Festival de Hay-on-Wye y a hablar sobre su libro Bread and Oil en el Sunday Times Literary Festival de Oxford. Desde 2006 vive en Montuïri, Mallorca, con su mujer Carmen y Rocío, la hija de ambos, sin descuidar sus quehaceres musicales con el trío Tomás con Gas y Steve Además.